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Murió Joseph Ratzinger, el Papa teólogo que se atrevió a renunciar al trono del Vaticano

Benedicto XVI fallece a pocos meses de cumplir 96 años, convirtiéndose en el segundo pontífice más longevo de la historia. Su dimisión marcó un camino inédito para los Papas. Su pontificado estuvo envuelto por las polémicas filtraciones y los escándalos de abusos. Ratzinger muere sin rendir cuentas sobre su papel en un posible encubrimiento de un caso de abusos en su época como arzobispo de Múnich.

Se ha ido como renunció. Sin hacer ruido, sin querer ser protagonista, pese a que desde que dimitiera como Papa abriendo una puerta inédita en la historia moderna de la Iglesia, muchos intentaron utilizarle como ariete contra las reformas de su sucesor, Francisco. Benedicto XVI ya es historia: acaba de fallecer, pocos meses antes de cumplir los 96 años, después de complicaciones respiratorias agravadas por de su edad.

Aunque no hay estatuto del Papa emérito, se prevé que sus exequias sean similares a los de la muerte de un Papa en ejercicio: nueve días de luto, entierro en la cripta y funeral de Estado. Eso sí: no habrá cónclave, no hay que elegir sucesor de Pedro. Y no hay que hacerlo porque el 11 de febrero de 2013, en latín y sin avisar (de hecho, solo la periodista de ANSA se percató de lo que había dicho), Joseph Ratzinger anunciaba su renuncia al trono del Vaticano.

“Con pesar doy a conocer que el Papa emérito Benedicto XVI ha fallecido a las 9:34 horas en el Monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano”, reza la nota oficial del Vaticano, en seis idiomas.

 

Una renuncia inédita en la historia moderna de la Iglesia católica (el último en hacerlo fue Celestino V, el Papa ermitaño, en 1296), que marcó un antes y un después en el futuro de los papas. Hoy, nadie duda de que Francisco, llegado el momento, dimitirá. De hecho, sus problemas en la rodilla han desatado multitud de rumores.

Que la renuncia de un Papa sea el hito más relevante de un pontificado dice mucho del estado de salud de la Iglesia católica que gobernó Benedicto XVI entre 2005 y 2013, ocho años marcados por las filtraciones de documentos y el estallido de la pederastia

Que la renuncia de un Papa sea el hito más relevante de un pontificado dice mucho del estado de salud de la Iglesia católica que gobernó Benedicto XVI entre 2005 y 2013, tras el espectacular pontificado de Juan Pablo II. Ocho años marcados por los escándalos (las filtraciones de documentos vaticanos en dos tandas –los famosos Vatileaks– pusieron negro sobre blanco la corrupción en la curia vaticana y las luchas de poder en la Santa Sede) y con el estallido de la pederastia a nivel mundial.

Ratzinger, que gobernó con mano de hierro durante décadas la todopoderosa Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), condenando a teólogos progresistas y señalando que fuera de la Iglesia católica no había salvación, no supo ejercer el mando de una institución cuando llegó a dirigirla como Papa. Quienes le conocen, asumen que lo hizo porque no le quedaba otro remedio tras la muerte de Karol Wojtyla.

Un informe secreto provocó su renuncia

Aunque durante los últimos años de Juan Pablo II, Ratzinger se empeñó en estudiar los principales escándalos de pederastia clerical y, poco después de ser elegido, sorprendía a todos condenando al depredador mexicano (y fiel consejero del Papa polaco) Marcial Maciel, a partir de 2010, con la progresiva sucesión de casos en todo el mundo, se vio desbordado y con poco apoyo en una Curia que tenía más que esconder que soluciones que aportar.

Un informe de 300 páginas encargado por el Papa a tres cardenales (entre ellos el español Julián Herranz), que se mantiene guardado bajo siete llaves, habría marcado según algunas fuentes la decisión del Papa alemán de renunciar, al no “sentirse con fuerzas” de seguir gobernando la Barca de Pedro, tal y como él mismo aseguró el día que dimitió.

Ratzinger muere sin dar cuentas ante la justicia alemana, como estaba previsto, por un supuesto caso de encubrimiento de un sacerdote abusador cuando era arzobispo de Múnich a finales de los setenta. El caso iba a juzgarse entre enero y marzo; el Papa emérito ya no podrá explicarse.

Benedicto XVI quiso apartarse del mundo y lo hizo. No quiso interferir –hubiera podido hacerlo– en la elección de su sucesor y tampoco intervino en los complots organizados por sectores ultraconservadores, que en el fondo consideraban que la renuncia de Ratzinger era inválida y que él, y solo él, seguía siendo el Papa, mientras que Bergoglio no era más que un usurpador.

Las reformas que, poco a poco, viene implementando Francisco –algunas de las cuales venían a enmendar parte del legado de Ratzinger– no fueron contestadas por este, aunque es cierto que dejó que algunos de sus más estrechos colaboradores utilizaran su cercanía al Papa alemán para arremeter contra el argentino (desde su fiel secretario, Georg Ganswein, hasta cardenales ultras como Sarah –con quien escribió, dicen que engañado, un libro “a cuatro manos” contra la apertura a otras realidades familiares– o Müller).

Desde su renuncia, y tras una breve estancia en Castelgandolfo (la residencia veraniega de los papas), Benedicto XVI vivía en el monasterio Mater Ecclesiae, en los jardines vaticanos, acompañado por cuatro consagradas y su fiel Ganswein. Francisco le ha visitado muy a menudo a lo largo de estos años, aunque en los últimos tiempos Ratzinger evitaba el contacto público. Apenas se le conocen salidas en los dos últimos años, especialmente desde que enterró a su hermano Georg, fallecido en su Baviera natal, en lo que muchos interpretaron como un viaje de despedida. La última imagen oficial de Benedicto XVI se dio este pasado 1 de diciembre.

Fuente: elDiarioAR

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