Darío Ramos es todo un aventurero y contó cómo fue el naufragio de su velero en las frías aguas del Altántico Norte. Su historia.

Del frio de la cordillera de los andes al extremo frio del Ártico. Darío Ramos nació y se crió en Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires, allí hizo el profesorado de Educación Física y luego se fue a vivir a la Patagonia.

Artista plástico y amante de las aventuras, Ramos fue colimba e integró la Marina, navegó en el Crucero General Belgrano y desde ese entonces se enamoró de la náutica.

Padre de cinco hijos, Darío narró en primera persona lo que fue para él una de las experiencias “más terroríficas que pasé en mi vida”: sobrevivir en un icerberg con temperaturas extremas y con osos polares hambrientos a su alrededor.

Hoy, Darío vive en el paraje Toscas Blancas, a un kilómetro y medio de Junín de los Andes, en Neuquén. Tiene un camping a orillas del río Chimehuin.

Todo comenzó en San Martín de los Andes. Allí se hizo amigo de Pablo Saad, un mundista que conoce los mares más bravíos del planeta y le propuso hacer el Paso del Noroeste.

“Mi idea romántica era ser parte de la tripulación para cruzar el Atlántico siendo el paso del Noroeste muy arriesgado. Una navegación muy larga de casi 3 meses” contó Ramos a AM550 y 24/7 Canal de Noticias.

Previo a iniciar lo que sería una experiencia inolvidable, Darío navegó junto a sus hijos por los mares de Escocia durante un mes. Luego los chicos regresaron a la Argentina y Darío y Pablo se prepararon para los tres meses de desafío.

La odisea comenzó en la ciudad escocesa donde zarparon a fines de junio de 2018. “Inicialmente la tripulación era de 4, y eso hubiese estado muy bien, pero Sonia Villani y Gustavo Brucki que tenían experiencia en el cruce del Atlántico, (y habían zarpado con ellos), dejaron la travesía en Nuuk, la capital de Groenlandia”.

“De a dos fue más difícil hacer la guardia. Pasás noches durmiendo dos horas sí y dos horas no. Después de una semana, se hace muy duro. Porque cuando estás en un cruce en mar abierto, llegás a tener 3.500 metros de profundidad y no podés anclar en ningún lado. Tenés que avanzar”, recordó.

Después de ese último y tercer cruce, de Groenlandia a Canadá, amarraron en Pond Inlet, donde durmieron seis horas de corrido, justo antes de iniciar el Paso del Noroeste, dentro del Círculo Polar Ártico.

Tardaron 7 días en llegar de Pond Intel a Fort Ross. Allí solo había un refugio. Amarraron en un iceberg, cenaron y empezaron la guardia nocturna.

Fue en la mañana del 28 de agosto cuando todo se complicó. “Tocaba el cambio de guardia y fui a despertar a Pablo cuando me asomé por el ojo de buey y vi venir un iceberg gigante a gran velocidad” recordó de aquella gélida madrugada.

Y siguió: “El hielo nos apretó como si fuéramos una latita. Ingresó mucha cantidad de agua y estábamos en problemas graves. Fue terrible. Se nos acababa el mundo”.

Pese a que hicieron todos los esfuerzos para salvar al velero transoceánico Anahita (la diosa de las tempestades) el buque se hundió y ellos quedaron sobre un bloque de hielo donde pudieron navegar.

Tres veces intentaron rescatarlos otros barcos, pero “no nos podían ayudar. Estaban a media milla de distancia” contó a más de un año y medio de lo ocurrido.

Solo tenían que esperar. La ayuda llegaría recién a las 4 de la tarde, pero para eso había que permanecer toda la noche de guardia venciendo el frío extremo y los osos polares hambrientos.

En ese momento vi el primer oso polar a 15 metros, sobre otro iceberg y llamé a Pablo a los gritos. ¿Sabías que es el único depredador del hombre? Mata para comer. El león no te hace nada si no lo molestás. El oso polar tiene hambre. Corre y nada rapidísimo. Y si bien está en vías de extinción, el Polo Norte es tan chiquito que los ves cada tanto.

–¿Ustedes estaban armados?

–No. Casi compramos un fusil ruso en Groenlandia, pero de puro hippies no lo llevamos. La indicación para ir al Ártico es hacerlo armado. Lo único que teníamos era un folleto en francés que explicaba cómo reaccionar, pero no lo entendíamos del todo. Decía que al oso hay que enfrentarlo.

Entonces yo levantaba los brazos con los remos y me hacía el grande. Mientras que Pablo patrullaba el iceberg para marcar territorio. Esa era nuestra estrategia. Logramos espantarlo, pero justo después de que se fue, vino una niebla espesa y me quebré. No se veía nada. Ahora sí que tenía todas las de ganar, si volvía.

–¡Decime que no volvió!

–No sé si fue ese mismo u otro, pero apareció por otro lateral. Repetimos la estrategia, pero además armamos un fuerte, tipo barricada, con lo poco que teníamos arriba del iceberg. Paramos un bote. Hacíamos ruidos para confundirlo. Y yo decidí que si llegaba a nosotros, iba a dejar que me limpie de una. No quería ver como me comía una pierna.

–¿Cuánto faltaba para que llegara el rescate?

–Todavía 3 o 4 horas… Pero con el primer oso, nosotros le habíamos avisado a la guardia costera. Y con el segundo, desde el rompehielos nos dijeron: “Los vamos a buscar en helicóptero”. Llegaron al rato y nos encontraron gracias a las bengalas. Si no, hubiera sido imposible.

Lo posaron con maestría, haciendo equilibrio y subimos con lo puesto. Nos convidaron unos muffins deliciosos y a la media hora ya estábamos en el rompehielos. Me tiré a dormir unas horas y después me llamaron para ver en vivo, desde una cámara especial, cómo se rompía el iceberg y nuestras cosas saltaban por los aires. Fue impactante. Pablo y yo recién pudimos hablar de lo que había pasado al día siguiente. Hasta ese momento solo nos decíamos lo básico para sobrevivir. Es que todo pendía de un hilo, no podíamos ponernos a debatir culpas.

–¿Cómo hicieron para volver a sus casas?

–Toda una odisea. El rompehielos nos dejó en la bahía Resolute, más cerca del Polo Norte, después de dos noches. Nos bajó en helicóptero. Dormimos en una especie de container que era hotel 5 estrellas. Lo que había. Los precios eran desorbitantes. Habíamos pagado un seguro caro, pero cubría la nave y no el rescate. Yo estaba muy preocupado. Mis amigos armaron una red para traerme. No tuve que usar la plata, pero sí su contención. Me salvaron la cabeza. Pablo se subió a un barco que se ofreció a llevarnos a tierra firme, pero para mí era demasiado largo, quería ver a mis hijos, así que me quedé con la ilusión de salir de ahí en avioneta.

–Era solo cuestión de desembolsar lo que quedaba en la tarjeta de crédito…

–Sí, pero ni la mía ni las de mis hijos permitían comprar un pasaje de 3.500 dólares canadienses… Realmente no sabía qué hacer… cuando estaba tomando el desayuno apareció un hindú, le cuento mi historia y sin conocerme me ofrece su tarjeta de crédito. Me consigue un vuelo a Ottawa mucho más barato que los que yo había visto y me dice que le pague al llegar a casa. Le agradecí y después de mucho insistirle me aceptó el dinero en efectivo. Así logré volver a casa después de tomar 6 aviones y 3 colectivos, tras 12 noches de pesadillas y horas en vela.

–¿Qué aprendiste?

–Que uno no tiene nada más que la vida, los afectos y la de la gente que te salva en el camino. Los ángeles que me fui cruzando en el rescate: la médica de la guardia costera canadiense, los amigos de la red de contención, el tipo que me prestó la tarjeta de crédito, una amiga que me recibió en Montreal… Cuando yo no daba más, alguien me dio una caricia o me puso una mano en el hombro. Al fin y al cabo, tenemos muy poco. Y eso es lo que cuenta.

La ayuda llegó. Darío y Pablo fueron rescatados por un helicóptero que los trasladó al rompehielos Henry Larsen que los dejó en la Bahía Resolute, más cerca del Polo Norte, después de dos noches.

Allí descansaron. Pablo había conseguido un barco que se ofreció a llevarlos a tierra firme, pero Darío quería ver a sus hijos y quería regresar lo más rápido posible y eso sería en avión.

Fue así que Ramos pudo regresar a casa después de tomar 6 aviones y 3 colectivos y 12 noches de pesadillas y horas en vela. “La realidad supera la ficción muchas veces. Y eso lo sentimos en carne propia”, cerró.

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