Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), del total del agua dulce que se extrae en todo el mundo, el 70% se utiliza para el sector agrícola.
Un bife de Chorizo promedio pesa 350 gramos para lo que se requieren aproximadamente cinco mil litros de agua; por lo que se estaría arrojando a la basura casi 430 litros de agua, acorde a la Organización Mundial de la Salud.
Diariamente el ser humano necesita 100 litros de agua para satisfacer sus necesidades de consumo e higiene.
La industria cárnica es una de las más cuestionadas por sus efectos en el ambiente y uso del agua. Se le atribuye favorecer al efecto invernadero, contaminar las aguas y ser causa de la desertificación, siendo uno de los sectores productivos con mayor Huella Hídrica (índice de consumo de agua que subyace a toda actividad).
La huella hídrica de un kilo de carne es de más de 15 mil litros de agua. En este caso consiste en el recurso que se usó desde el riego del pasto que alimenta al ganado hasta el agua que se emplea en el frigorífico para el faenado.
En los asados del fin de semana se podría hablar de más de 25 mil litros de agua para una familia de 4 personas. Sin embargo, nuevos procesos y tecnologías pueden disminuir este índice de gasto hídrico. Así lo dio a conocer la Asociación Latinoamericana de Desalación y Reúso de Agua, ALADYR.
Entre las alternativas que ayudarían a la sustentabilidad de la industria cárnica está el reúso de agua para aprovechar cada gota. Esto permitiría reducir la huella hídrica implementando la economía circular.
Varela explicó que la provincia de Mendoza es un digno ejemplo de cómo la crisis hídrica incentivó a las autoridades a llevar un control exhaustivo de las actividades que demandan el recurso, a la vez que regula los parámetros de calidad del agua según el uso que se le dará luego del tratamiento. “El buen control es clave”.
No son desechos, son recursos
Es necesario valorizar los residuos producidos en los mataderos convirtiéndolos en un activo. Específicamente hablando de efluentes, se cuenta con la oportunidad de agregar la biodigestión anaeróbica para aprovechar el subproducto y generar energía.
En los frigoríficos se emplea agua en diferentes actividades. Esta pasa a ser efluente al mezclarse con desechos como sangre, heces, sebo y orina. Bajo condiciones controladas en el interior de un biodigestor anaeróbico, en un proceso que asemeja a un estómago, bacterias convierten estos efluentes en biogás.
El biogás puede usarse para alimentar un motor y transformarlo en energía eléctrica y térmica. Al mismo tiempo, su aplicación para la economía circular puede ir más allá si se agrega una planta purificadora, proceso que convertiría el biogás en biometano y finalmente en gas natural comprimido (GNC) que sirve de combustible para vehículos y calefacción para hogares.
También, de este último proceso, se puede obtener dióxido de carbono líquido de grado alimenticio, lo que tiene una aplicación en la industria de bebidas.
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